Esta semana pasada hemos estado escuchando una brillante intervención de Juan Manuel López Nicolas (@scientiaJMLN), autor del blog Scientia, sobre ‘el lado oscuro de las bebidas energéticas’, organizado por la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU. Una charla amena en la que el gran investigador-divulgador murciano presentó con todo detalle las artimañas y recursos que utilizan las grandes empresas de bebidas energéticas para captar la atención de su público objetivo.

Durante este encuentro, y ante la interpelación de una persona asistente, López Nicolás concluyó su intervención instando a las empresas del sector de la alimentación y de la cosmética a primar los principios éticos en su estrategia de marketing y de comercialización. Es decir, en resúmen, que no todo vale en una estrategia de negocio, que no se puede mentir recurriendo a argumentos seudocientíficos que dotan al producto en cuestión de reclamo para el conjunto de consumidores.

López Nicolás es muy crítico con las estrategias de marketing de las industrias de la alimentación y la cosmética, desde la firme convicción de la defensa de los derechos de los consumidores a una información veraz y rigurosa. Pero no queda ahí; también critica de forma vehemente que el afán de las empresas de obtener resultados económicos exitosos, algo lógico por otra parte, ha empujado a éstas a incorporar a sus estrategias de negocio argucias que superan todo comportamiento ético. En el blog de ‘Scientia’ se pueden ver muchos ejemplos al respecto.

Me resultó curioso sin embargo una intervención de una de las personas asistentes a la charla, una investigadora de un centro tecnológico que planteó una tesitura compleja a la que las empresas mencionadas les empujan, y es a verse indirectamente (¡) envueltas e involucradas en ese dilema ético. Aplican el método científico para asesorarles, motivo por el que son contratados, pero cuando llega la hora de definir la estrategia de marketing se impone un criterio muy poco científico como es el de generar expectación a través de slóganes, claims, etc., en el que los matices que se incorporan incurren en prácticas más que dudosas.

 

Al margen del interesante debate que se plantea a la propia comunidad científica, que no está exenta de responsabilidad en tanto en cuanto voluntaria o involuntariamente participa de este ‘juego’, la pregunta que se plantea es cómo encontrar un equilibrio entre los objetivos económicos-empresariales legítimos -en un contexto de máxima dificultad y exigencia y donde se debe remarcar el valor diferencial del producto con respecto a la competencia y al ruido atronador que existe en el mercado-, y el debido respeto al derecho a una información veraz de los usuarios/consumidores evitando para ello argucias seudocientíficas y reclamos que no tienen inconveniente en alterar o exagerar las características de los productos.

Y la pregunta que merodea en el contexto que vivimos es cómo llegar a dilucidar cuántas bocanadas se le puede dar al edificio de la ética para, sin derruirlo completamente, conseguir los objetivos pretendidos, y al mismo tiempo seguir presumiendo y alardeando de nuestro inalterable compromiso con los valores éticos.

 

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