Lenguaje árido, temas de difícil comprensión, elevado coste del producto audiovisual, escasa rentabilidad y, sobre todo, (presunta) falta de interés del gran público. Estas son algunas de las muchas trabas que habitualmente se interponen en lo que parece una relación imposible: la de ciencia y televisión.

Salvo contadas y honrosas excepciones, como “Cosmos” de Carl Sagan; “El Hombre y la Tierra”, de Félix Rodríguez de la Fuente; o algunos brillantes productos de la BBC, podemos decir que la divulgación científica no ha encontrado en el medio televisivo su canal ideal para llegar al gran público. Entre este reducido elenco de programas exitosos se cuenta “La vida privada de las plantas” de la televisión pública británica, que resume el vídeo que acompaña este post.

¿Es cierto que la ciencia no interesa a la inmensa mayoría de la población y por eso este tipo de programas están condenados a ridículas cifras de share? ¿O se debe por el contrario a que los programadores no se arriesgan con un producto de calidad en una franja horaria digna que permita colocar la ciencia en el mainstream? Un círculo vicioso cuya solución no es sencilla.

Algunas de estas claves fueron debatidas recientemente en el curso de verano de la UPV/EHU “Ciencia y democracia: Los dilemas de la divulgación científica”, organizado por la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU e Ikerbasque, en el marco del cual José Antonio Pérez (@mimesacojea) abordó la difícil relación entre ciencia y televisión. De hecho, alertó de que los oscuros tiempos que parecen avecinarse sobre el medio televisivo van a llevarse por delante cual tsunami cualquier intento de hacer ciencia en televisión en España.

Es decir, tiempos especialmente duros para una relación ya de por sí tormentosa. Pero en el amor no hay nada imposible, así que quizá, por qué no, los pretendientes estén destinados a encontrarse algún día.

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